La Baratura Shopping Center

Publicado: 26 de Noviembre 2016

Cada sábado, una invasión de prendas usadas y artículos de segunda mano se apodera de veredas y pistas en los alrededores del mercado La Rinconada. ¿De qué se trata? Pues, es la nueva cachina de Trujillo con su oferta reciclada, para muchos la opción ideal cuando no alcanza para ir a Ripley o Saga. Aquí un recorrido por este lugar, en el que se puede salir bien vestido por menos de lo que cuesta un par de cervezas.

Las primeras cuadras que nacen en el óvalo La Rinconada suelen ser solitarias, aburridas como las avenidas que no tienen vida. En la zona hay pocos negocios, un mercado casi en abandono y unas amplias veredas que conectan las calles. El escenario pasa desapercibido, pero no para quienes tienen olfato cachinero, para los que hacen de las cosas usadas, su negocio. En efecto, hoy es lugar donde se levanta -todos sábados sin excepciones-  lo que muchos llaman “La Baratura Shopping Center”, una invasión reciclada que toma por asalto pistas y veredas.

En otras palabras, “La Baratura” es una suerte de centro comercial al paso en el que abundan las cosas de segunda mano, el olor ha usado, la prenda con buena pinta. Ocupa un puñado de cuadras en la Prolongación Vallejo y es punto de compra de quienes andan con los bolsillos caídos; es el lugar donde todo se compra y todo se vende a precio de oferta, y  desde luego no hay etiquetas que valgan ni marcas que distingan.  

Son las seis de la mañana y la feria ya está de pie en este primer sábado de noviembre. Como es habitual, se levanta con las primeras luces de la ciudad. Unos minutos antes, los comerciantes, que en su mayoría son mujeres, llegaron cargados de sacos con ropa, trastos viejos y cuanto objeto usado ofertarán a “buen precio”. Luego de descargar todo, se han ubicado en sus espacios: los más antiguos tienen sitios propios por el que pagan alquiler, mientras que los nuevos se apoderan de las áreas que están libres.      

Aquí hay de todo y el precio es lo de menos. En unos cuantos pasos, por ejemplo, uno puede toparse con un par de zapatos de cuero cuyo brillo oculta su trajinado andar. ¿Precio?, seis soles. O quizá una Barbie operada de alguna lesión por tan solo cincos lucas. Y por tres más, un artefacto reparado que esconde el desperfecto por el que fue desechado. Si hay suerte, hasta se puede encontrar un artículo interesante escondido entre tanto cachivache que ha sido, en gran parte, vendido por noctámbulos recicladores que recorren la ciudad.  

Por aquí, en el también conocido como "El Ripley de La Rinconada”, termina esa camisa aniquilada por una mancha imborrable. Ese pantalón azul que acabó sus días desgarrado por un torpe accidente. Esa ropa de aquellos niños que crecen sin parar y cuando se dan cuenta les queda como traje del Chavo del Ocho. Sí, por aquí llegan. Algunos bien lavados, disimulando el hueco parchado, bien producidos aunque nunca faltan las prendas que aún conservan los olores y sudores de sus antiguos dueños.  Pero no importa, finalmente lo que busca la gente es vestirse y la moda no incomoda, menos la reciclada.

Luego de unas horas, los vendedores son dueños de la calle y están por todos lados. Están en las esquinas. En las pistas. En las veredas y sardineles. Aquí cualquier lugar sirve y todo está permitido para vender. Muchos han improvisado carpas que se levantan una tras otra a lo largo de la vía. Otros han colocado plásticos y telas en el piso que sirven para mostrar la merca del día. Y los más sueltos, se han apoderado de paredes, postes e incluso árboles, exhibir es la voz.

La zona del movimiento

A media mañana no solo aumenta la inclemencia del sol, también lo hace el movimiento. De un lado, los comerciantes están en sus puestos, instalados, aprovechando al máximo el espacio que tienen. Del otro, compradores van y vienen, cerrando su compra o sumergiéndose en en los cerros de ropa que se han formado y que lucen más desordenados que ropero de adolescente. En la acera del frente, en estos momentos, varias mujeres se disputan mano a mano la mejor prenda, el remate es a un sol cada una, lleve caserita.

El ambiente que se ha formado a estas horas es parecido al de las paradas, como esas que invaden los exteriores de los mercados. Hay desorden. Y poco a poco, bien caleta, han llegado más vendedores ambulantes: los hay de huevos de codorniz, de caldos de gallina y pata de res, de tamales y desayunos. Todo se mezcla como el plato de combinado bien despachado que vende una alegre señorita de ojos grandes.

Desde lo alto un megáfono ofrece las bondades del famoso té verde llegado desde la China, más allá alguien vende chía, pero es la voz de una señora robusta y morena la que se impone. !Oiga, aproveche la baratura. Aproveche, todo barato, aquí en la cachina de La Rinconada!”, revienta en gritos para atraer a la gente.

"Luego de unas horas, los vendedores son dueños de la calle y están por todos lados. Están en las esquinas. En las pistas. En las veredas y sardineles. Aquí cualquier lugar sirve y todo está permitido para exhibir". 

Visto de lejos, en plena hora punta, se puede distinguir a decenas de personas que se confunden en la calle, hay curiosos que pasan y miran con cierto asombro como rumas de prendas multicolores y artículos reciclados se han apoderado de la zona. Y el paisaje se pinta aún más con micros, combis, taxis, mototaxis y camiones que pasan por ambas vías en este pedazo de la prolongación Vallejo, en los exteriores del mercado La Rinconada, muy cerca a los límites con el distrito de El Porvenir.

Oferta en crecimiento

Los cachineros de La Rinconada empezaron ocupando unos metros, pero hoy invaden alrededor de cuatro cuadras en doble vía, desde el óvalo La Rinconada hasta la altura del Centro Recreacional del mismo nombre. Avanzaron poco a poco. Primero una esquina, luego la otra y por qué no la que viene. La peculiaridad de la zona jugó a su favor: solo hay algunas viviendas familiares, una la larga pared que cerca un terreno desolado, un mercado casi abandonado, y pocos negocios que funcionan solo de lunes a viernes. Así fueron ganando las calles.

Y es que “La Baratura” empezó vendiendo ropa usada, sin embargo conforme fueron llegando más vendedores, amplió su oferta.  Hoy se puede encontrar desde ollas hasta celulares de dudosa procedencia con Facebook incluido. Desde instrumentos musicales hasta DVDs piratas con los últimos estrenos de Hollywood. Desde juguetes hasta peluches para conquistar a esa flaca difícil. Desde adornos retocados hasta algún televisor con pantalla rajada. Y no vale arrugar la nariz: también hay cepillos de dientes y calzoncillos bien almidonados.

Ya son más de 300 cachineros quienes arman la fiesta los días sábados y, como suele suceder con los comerciantes de galerías o centros comerciales, se han agrupado en una asociación. De esta manera quieren mantenerse juntos y  cuidar sus intereses, buscando oportunidades que aseguren la estabilidad de sus negocios reciclados.

Cuestión de horas

Pero “La baratura Shopping Center” no es una feria cualquiera. No solo funciona los días sábados sino que dura unas cuantas horas. Van a dar una de la tarde y los cachineros ya están en retirada. Han guardado lo que no se vendió y, uno detrás del otro, van  desapareciendo conforme llegaron. Las calles vuelven quedar como antes: aburridas, con la vida que le pueden dar autos y vehículos que pasan sin parar.

Los vendedores desaparecen, pero el negocio no muere ahí. La señora Magarita Mantilla, cachinera respetada con más de 15 años en el negocio, cuenta que los días que no están aquí se van recorrer otros lugares. Cargan su mercadería y se van a los mercadillos de los distritos o viajan a las localidades cercanas como Casa Grande, Virú o Pacasmayo. Y los domingos, se vuelcan en mancha a los exteriores del Mercado La Unión, donde ya es conocida por ser zona cachinera.

Futuro en riesgo

Por estos días, los comerciantes enfrentan un futuro incierto, la Municipalidad nos los dejará ocupar por mucho tiempo esta zona, hasta ya los han instado a buscar otro lugar donde comercialicen sus productos. La alternativa más cercana es el mercado La Rinconada, que solo tiene unos cuantos puestos ocupados.  Aunque algunos no están de acuerdo, lo cierto es que existe la amenaza de dejar el lugar.

Mientras esto sucede, seguirán llegando hasta aquí, con su oferta de segunda mano, cargados de ropa usada, trayendo un sinnúmero de baratijas para hacer de estas cuadras un centro comercial al paso, para convertirse en esa alternativa que muchos buscan cuando el dinero no alcanza y Ripley y Saga se vuelven inalcanzables para andar a la moda. Finalmente, aquí todo se vende y el precio es lo de menos.

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